Ya hace unos días que dejamos atrás el Priorat. Aún tenemos bien presente la bendición del rebaño en el Real Monasterio de Poblet, el pasado 28 de junio, ese momento en el que todo empezaba en serio. Cuando pones el primer pie en el camino sabes a dónde sales, pero nunca acabas de saber qué te regalarán los días que vendrán. Y quizá ésta sea una de las cosas más bonitas de la trashumancia.

La primera semana fue tranquila. Atravesó el Alt Camp, la Conca de Barberà y el Alt Penedès, haciendo parada en Prenafeta, Les Pobles, Torrelles de Foix, Guardiola de Font-rubí y Sant Quintí de Mediona. Fueron jornadas largas, rodeados de un paisaje en el que la viña era la gran protagonista. Kilómetros y kilómetros de cepas, con muy poca sombra y muchas horas de sol. Por suerte, en aquellos primeros días el calor todavía nos dio un poco de tregua y pudimos caminar a buen ritmo.

Cada etapa tiene su ritual. Nos levantamos cuando todavía está oscuro, preparamos el rebaño y empezamos a caminar mientras el día despierta. Las cabras ya conocen el trabajo y nosotros también. Hay momentos de silencio, otros de conversación, y muchos instantes en los que simplemente observas el territorio. Caminar así te obliga a mirar el paisaje de otra forma. Entiendes mejor los caminos, bosques, cultivos y el trabajo de toda la gente que los mantiene vivos.

Sin embargo, esta semana el calor se ha hecho notar en serio. El lunes llegamos a Piera después de una etapa intensa desde Sant Quintí de Mediona. Y justo cuando pensábamos que el reto sería sólo la temperatura, nos encontramos rodeados de la incertidumbre de los incendios forestales. Durante unas horas avanzamos entre dos grandes fuegos activos, con columnas de humo muy cerca y pendientes en todo momento de las indicaciones de los equipos de emergencia.

Son situaciones que impresionan. Cuando ves un bosque ardiendo entiendes aún más la importancia de cuidar el territorio. Precisamente éste es uno de los mensajes que queremos transmitir con Vinos de Pasto: un paisaje vivo sólo es posible si hay personas que lo trabajan, rebaños que lo pastan y actividades que contribuyen a mantenerlo limpio y equilibrado. Las cabras no sólo caminan; también ayudan a reducir la carga de combustible vegetal y realizan un trabajo silencioso pero imprescindible en la prevención de los incendios.

Sin embargo, la estancia en Piera continuó con total normalidad. Compartimos una cata de quesos acompañados de melocotones, una propuesta muy singular del municipio, y tuvimos la suerte de pasar un buen rato con los niños. Les invitamos a andar con el rebaño e hicimos talleres de silvopasto. Descubrieron cómo trabajan las cabras, por qué son tan importantes para el bosque y también pusieron las manos: cortando pequeñas ramas, limpiando los caminos y ayudando a dejar los espacios un poco mejor de cómo los habíamos encontrado. Ver la ilusión con la que participaban es una de las mayores recompensas del viaje.

El martes llegó una de las primeras etapas exigentes. El ascenso desde Piera hasta Can Maçana nos recordó que la montaña no regala nada. A medida que dejábamos atrás la Laguna y nos acercábamos al Bruc, dentro del Parque Natural de la Montaña de Montserrat, el paisaje cambiaba completamente. Los bosques ganaban protagonismo, las vistas se abrían en cada curva y el calor seguía apretando con fuerza. Pero el esfuerzo siempre tiene recompensa cuando llegas arriba y miras atrás todo el camino recorrido.

Y hoy hemos dejado a Montserrat atrás para llegar hasta Castellgalí, al sur del Bages. Continuamos avanzando mientras, en el horizonte, todavía se levantan columnas de humo y los helicópteros no dejan de sobrevolar el territorio trabajando para controlar los incendios. Es imposible no pensar en la fragilidad del paisaje y en la responsabilidad que todos compartimos por preservarlo.

Las jornadas son largas y exigentes. Cuando llegamos al final de cada etapa, cualquier sombra parece un lujo. Aprovechamos cada parada para descansar, cuidar el rebaño y recuperar fuerzas. Y cuando el trabajo ya está hecho, llega uno de los mejores momentos del día: sentarnos todos juntos, comentar las anécdotas de la jornada, preparar el recorrido del día siguiente y brindar con una copa de El Codolar . Porque este proyecto también habla de esto: de compartir, de andar juntos y de entender que detrás de cada vino hay un paisaje, una manera de vivir y muchas historias que merecen seguir caminando.

Aún nos queda mucha ruta hasta los Pirineos. Muchos kilómetros, muchas conversaciones y muchas experiencias por vivir. Pero algo ya lo tenemos claro: la trashumancia no es sólo mover un rebaño. Es una forma de conectar personas, paisajes y territorio. Y esto es, precisamente, la esencia de Vinos de Pasto .

Castellgalí, miércoles 8 de julio.