Si algo nos ha enseñado esta trashumancia es que cada etapa tiene su propia personalidad. Los primeros días fueron de viñedos, de calor y de grandes llanuras. Pero a medida que hemos ido avanzando, el paisaje ha ido cambiando completamente. Las montañas se fueron acercando, los bosques nos regalaban sombra y el aire se respiraba de otra forma. Lo notábamos en el cuerpo, pero sobre todo en el alma.

Después de llegar a Castellgalí decidimos realizar un par de días de descanso. También forma parte de la trashumancia saber cuándo toca andar y cuándo toca detenerse. Nos quedamos en casa de Joan, uno de esos auténticos pastores que aún mantienen vivo un oficio que cada vez cuesta más encontrar. Fueron dos días para recuperar fuerzas, pero sobre todo para compartir.

Tuvimos la suerte de probar una cabra de su propio rebaño, cocinada como antes, y de sentarnos en torno a una mesa con pastores de la zona. Compartimos conversaciones largas, experiencias y formas diferentes de entender el territorio, pero con una misma manera de amarlo. También descubrimos quesos extraordinarios elaborados por los productores locales. Cuando se juntan buena gente, buena comida, buen vino y tiempo para hablar, ocurren cosas que no se olvidan fácilmente.

Pero la calma acabó en breve. Retomamos el camino en dirección a Santpedor y el calor volvió a ponernos a prueba. Aquellos campos abiertos, con sembrados hasta donde llegaba la vista y sin apenas árbol, convirtieron cada kilómetro en un pequeño reto. Cuando encontrábamos una sombra para descansar y almorzar parecía un auténtico regalo.

Al día siguiente continuamos hasta Aviñón, pasando junto a las minas de potasa de Sallent. Fue una etapa larga, dura y marcada, una vez más, por unas temperaturas que no daban tregua. Pero, en ocasiones, el camino también sabía recompensar el esfuerzo.

A partir de Aviñón todo empezó a cambiar. Los antiguos caminos ganaderos se hacían más evidentes, estaban mejor conservados y aparecían mejor señalizados. También empezamos a encontrar los primeros bosques, que nos ofrecían una generosa sombra y un ambiente mucho más fresco. A medida que ganábamos altura y nos acercábamos al Prepirineo, el cambio se hacía especialmente evidente cuando llegaba la noche. Las noches volvían a ser placenteras y el descanso era mucho más reparador.

Una de las paradas que siempre esperábamos era Sant Martí de Albars, en el Lluçanès. Es un territorio precioso, todavía bastante desconocido por mucha gente, pero con una larga tradición ganadera. Allí siempre nos hacían sentir como en casa. En los pequeños pueblos, la trashumancia todavía forma parte del paisaje cotidiano. La gente está acostumbrada a ver pasar rebaños y pastores, y esa acogida sincera fue una de las cosas que más valoramos del viaje.

También pasamos por Santa Eulalia de Puig-oriol, donde se encuentra el Centro de Interpretación de la Trashumancia. Aunque sólo hicimos una breve parada, fue un lugar que nos recordó la importancia de preservar este patrimonio vivo y la necesidad de seguir explicándolo a las nuevas generaciones.

Después entramos en el Ripollès. Les Llosses nos dio la bienvenida con algunos de los caminos más bonitos que habíamos recorrido hasta ese momento. Aquí la montaña ya mandaba. Los bosques eran más espesos, las subidas más exigentes y cada curva nos descubría un paisaje nuevo.

En Santa Maria de Matamala vivimos uno de los momentos más especiales del proyecto. Allí organizamos un encuentro abierto con pastores, ganaderos, propietarios forestales, buscadores de setas y vecinos del territorio. Más que una charla, fue una conversación entre personas que compartían una misma preocupación: cómo mantener vivo este paisaje para que las generaciones futuras también pudieran disfrutarlo. Alrededor de la mesa compartimos también nuestros vinos, Codolar y Castell de Siurana , porque siempre hemos creído que no había mejor manera de explicar un territorio que probando lo que nace. Cada copa sirvió para abrir nuevas conversaciones sobre la trashumancia, la ganadería extensiva y el futuro del mundo rural. El vino, los quesos y la conversación volvieron a demostrar que la trashumancia era mucho más que andar: era una manera de conectar a personas, paisajes y tradiciones.

La llegada a Gombrèn también marcó uno de los momentos más esperados de esa subida hacia el Pirineo. Celebramos la segunda gran cata de Vins de Pastura , un encuentro que reunió a vecinos, visitantes y amantes del vino y del territorio alrededor de una misma mesa. En esta ocasión participó Jordi Rovira, enólogo de la Bodega Cooperativa de Cornudella de Montsant, que junto a Dani condujo un maridaje de quesos y vinos pensado para explicar, copa a copa, el paisaje que nos había acompañado durante el camino. Los asistentes pudieron descubrir el Castillo de Siurana , el Codolar , el Vermut de la Cooperativa y la Mistela , que se convirtió en una de las grandes revelaciones de la jornada y sorprendió a muchos de los participantes. Pero Gombrèn fue mucho más que una cata: también fue una parada para descansar, recuperar fuerzas, compartir grandes ratos y tomar el empuje necesario para afrontar el último tramo del recorrido.

Y sin apenas darnos cuenta, después de una jornada a buen ritmo, hoy domingo 19 de julio hemos llegado a Fontanals de Cerdanya, incluso un día antes de lo previsto. La alegría de alcanzar el destino se mezcla con la satisfacción de que sólo deja un camino dado paso a paso. Una vez llegados, hemos preparado el campamento, ya partir de mañana empezaremos a organizar la estancia para los meses de verano y aprovecharemos para recuperar fuerzas. Pero lo de descansar siempre fue relativo. Las cabras no entendían de vacaciones ni de días libres: cada día deben salir a pastar, haciendo el trabajo silencioso que, desde hace siglos, ayuda a cuidar el paisaje. La trashumancia ha llegado a su destino, pero el pasto sigue. Y con ella, también continúa el compromiso de mantener vivo un territorio que da origen a nuestros vinos y que es la esencia misma del proyecto Vins de Pastura .